Diversidad funcional

Mi vuelo desde Madrid a Londres

De nuevas, cogí el avión y llegué a la casa nueva (a medio camino entre Londres y Luton) el 30 de marzo. Los primeros tres días tuve el entrenamiento con la cuidadora permanente.

Mi cliente era una mujer de 50 años con parálisis cerebral avanzada, sin lenguaje ni movilidad (exceptuando su pie izquierdo) y cuya comunicación conmigo sería a través de sus ojos, deletreando en inglés, en una pizarra de letras.

Nunca había hecho en mi vida nada parecido, aunque siempre había estado interesada en las personas con diversidad funcional y de todas sus potencialidades. Muchas son todo un ejemplo de motivación y esfuerzo.

Así llegué a la casa de, llamaré ‘N’, sin ninguna experiencia, con cierto acojone (y eso que yo no soy miedica precisamente) y con ganas de superarme (en el post anterior puedes leer cómo llegué a este trabajo).

Esto sí era todo un reto y no lo vivido en la escuela de voluntarios…  😲

A pesar de lo cagada que estaba por tener que ocuparme de una persona con una dependencia importante y hacerlo bien sin tener realmente idea, la verdad que, de nuevo, me sorprendí a mí misma.

Sí tengo que admitir que los dos primeros días fueron un desastre. Todo resultaba difícil. Desde levantarla y desplazarla hasta simplemente darle un vaso de agua (realmente eso fue lo más complicado de todas las tareas). El primer día recuerdo que pensé: ‘¿Qué estoy haciendo aquí? Help! ¡Tierra, trágame! 😱 

La comunicación era todo un reto. Fue una sorpresa ver cómo se manejaba con su silla de ruedas, su ordenador, sus aparatos, juegos y cómo se comunicaba por chat a través del Facebook.

Le gustaba mucho chatear con sus amigos, la música, los puzzles, algún programa cómico de televisión y el arte. Hasta tenía cuadros pintados por ella misma con un pincel colocado en un sombrero, haciendo movimientos con su cabeza. Era increíble.👏

Muchas veces escuchaba su risa entre sus quehaceres. Era una persona muy alegre. Aunque el toque de felicidad indiscutible en la casa era su perro. Él sí me dio una calurosa bienvenida desde el primer momento. Un perro que enamora de lo cariñoso y bueno.

Diversidad funcional

¡Aquí está!

Entre mis responsabilidades, se incluía sacarlo de paseo, hacer la compra, limpiar la casa, cocinar, dar de comer a N, levantarla, ducharla, vestirla, llevarla al baño, cambiarla y estar en todo momento pendiente por si necesitara algo. El típico té inglés era algo indispensable en su rutina, 5 veces al día.☕

Su madre venía diariamente a visitarla y a pesar de que tenía ochenta y pico años, era una mujer muy enérgica y admirable. Siempre pendiente de su hija con una voluntad de hierro y una energía que sobrepasaba sus límites físicos. Ella ayudaba a su hija, la llevaba, conducía y hacía todo lo posible sin mediar palabra. Las veía disfrutar cuando charlaban y pasaban el tiempo juntas. Se entendían a la perfección y, como era normal, tenían una unión muy fuerte.

N además, desafortunadamente, estaba ahora más sensible porque justo había fallecido su mejor amiga (también con parálisis cerebral) recientemente. En mis primeros días fui al entierro con ellas y fue muy emotivo. Ver llorar a N rompía el alma. Ella le pedía a su madre que le tapara la boca para que no se escucharan sus sollozos en el resto de la sala…

Como os iba contando, el reto fue complicado pero, después de superar las dos primeros días, todo empezó a ir mejor y yo, poco a poco, fui controlando mejor la situación y cogiendo el truquillo en los desplazamientos, levantamientos, giros, al darla de comer o entendiendo mejor sus mensajes.

También había una rutina de pastillas dos veces al día. ¡Eran mil cosas a tener en cuenta! Pero gracias a mi buena organización y mis apuntes, fui aprendiéndome las rutinas y a manejarme con soltura.

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El barrio de ‘N’

Al final de la primera semana me sentí muy bien. ¡Lo había conseguido! 💪 Parecía increíble. Sin duda, todo lo que aprendí en esas 3 semanas, en ese reto de trabajo, vale la pena ser contado.

N vivía de forma autónoma, con asistencia permanente claro, pero feliz. No podía hacer uso de sus facultades físicas pero ese no era ningún impedimento para que se expresara, creara y disfrutara consigo misma y con el resto de personas que componían su vida.

Tenía un perro adorable🐶(un border collie), muchos amigos y una madre que movería cielo y tierra por ella. Disfrutaba con la música, las visitas, sus salidas en una bici adaptada… Le encantaba Bon Jovi, su ídolo, y había asistido a sus conciertos, además de que tenía otro pendiente en Dublín para dentro de unos meses. Era una mujer entusiasta y simpática.

Aunque, tristemente, yo no llegué a establecer esa ‘cierta conexión’. Intenté, en ciertos momentos, sacar algún tema pero no recibí respuesta. En el fondo, lo entendía. Yo estaba sólo de paso y no tenía tanta confianza con el inglés como para empezar a hacer monólogos.

Por lo tanto, nuestra relación se limitó a las rutinas y mis responsabilidades como cuidadora. Mis intentos de “cercanía” (e interés por saber algo de ella y comunicarme para conocerla) no fueron muy fructíferos, así que simplemente me hice a la idea y proseguí con mi trabajo, sin pensarlo.

La segunda semana se me hizo un poco pesada, por la falta de tiempo, el gasto mental, de estar pendiente de alguien las 24 horas del día (afortunadamente dormía del tirón) y querer hacer las cosas bien para ella. Que mi falta de experiencia no fuera un hándicap.

Sí, era duro estar encerrada todo el rato en una casa que no es tuya con nadie con quien hablar. Pasaban los días sin ningún tipo de vida social. Altibajos normales al enfrentarse a una situación completamente nueva y tan diferente. Sin nadie con quien despejarse.

Después de reflexionar, a los pocos días cambié el chip y empecé a disfrutar más de la experiencia. Tenía que ser positiva. Eran solo tres semanas y estaba ganando dinero. ¡No había motivos para sentirse mal!

Empecé a disfrutar más de los paseos con el perro y los días súper soleados ☀ de una Inglaterra en abril, de las rutinas con N y mis ratos de pequeña desconexión en mi cama o con el ordenador.

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Un cisne del barrio en mis paseos con el perro

Hasta que un día de mala suerte se me rompió el móvil y todo cambió.

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